La
Catedral Metropolitana neoclásica de Buenos Aires es el principal templo católico de Argentina. Se encuentra ubicada en la intersección de la calle San Martín y la avenida Rivadavia, del barrio porteño de San Nicolás, en frente a la Plaza de Mayo.
Su historia...

Cuando Juan de Garay vino desde Asunción a fundar la ciudad de la Trinidad, acto que tuvo lugar el 11 de junio de 1580, destinó para la iglesia mayor o catedral el mismo cuarto de manzana que ocupa hoy en día. En el acta de fundación se lee:
"hago
y fundo en el asiento una ciudad la cual pueblo con los soldados y
gente que al presente he traído para ello, la iglesia de la cual pongo
por advocación de la Santísima Trinidad, la cual sea y ha de ser iglesia
mayor parroquial". En lo que atañe a la jurisdicción eclesiástica, la nueva ciudad dependía de la diócesis del Río de la Plata, creada por Paulo III el 1º de julio de 1547 con sede Asunción.
La iglesia parroquial era una modesta construcción con tapias de adobe y madera, que en 1605 el gobernador Hernandarias
mandó demoler por muy vieja e indecente. Ignoramos qué proporciones
tendría la que se levantó en su lugar con madera traída expresamente del
Paraguay. Años más tarde, en 1616,
su techumbre amenazaba desplomarse y la parroquia tuvo que pasar a la
iglesia de San Francisco.Y mientras se hacían proyectos para reformarla,
solicitando para ello la contribución pecuniaria de los fieles, la
iglesia acabó de derrumbarse porque estaba mal edificada y con madera
podrida de sauce. Ni el Cabildo,
Justicia y Regimiento de la ciudad perdieron el ánimo y enseguida
fletaron una embarcación al Paraguay para adquirir y traer la madera
necesaria para la reedificación del templo. Las obras se iniciaron en
enero de 1618.
Según el presupuesto de Pascual Ramírez que las llevaría a cabo, su
costo sería de 1.100 pesos. Sobre la recaudación del dinero carecemos de
información exacta, pero sí sabemos que a finales de aquel mismo año la
obra del templo estaba concluida. Pero se ofrecía una dificultad: éste
resultaba más pequeño que el anterior, tanto que en 1621 ya se hablaba de construir otro destinado a catedral.

Entre tanto, en Madrid y en Roma se llevaban a cabo los trámites para la creación de la diócesis de Buenos Aires. La bula de erección canónica por Su Santidad Paulo V está fechada el 30 de marzo de 1620 y su ejecución tuvo lugar el 19 de enero de 1621 por su primer obispo el carmelita Fray Pedro de Carranza, lo cual quiere decir que en esa fecha tomó posesión de la diócesis. El obispo señaló como catedral la única iglesia de clérigos que había en la ciudad. Y en su carta de 4 de mayo de ese mismo año escribía al rey:
"está tan indecente (la catedral)
que en España
hay lugares en los campos de pastores y ganados más acomodados y
limpios; no hay sacristía, sino una tan vieja, corta e indecente, de
cañas, lloviéndose toda con suma pobreza de ornamentos". Y más adelante:
"El Santísimo Sacramento está en una caja de madera tosca y mal parada".
"Y
en cuanto toca al edificio, es forzoso el entablarla y acomodarla, so
pena de que dará toda en tierra y nos iremos a una Iglesia de un
convento a hacer catedral". Esta fue, pues, la que podemos denominar la primera catedral.

Cuando el tercer obispo de Buenos Aires, Fray Cristóbal de la Mancha y Velazco llegó a su sede el 6 de octubre de 1641,
halló a la catedral, si no en estado ruinoso, por lo menos muy
deteriorado. Así que concibió de inmediato la idea de levantar una nueva
catedral y se lo comunicó al rey el 19 de noviembre de 1662.
Según el plano que le adjuntó, el templo iba a tener tres naves; para
su construcción se necesitarían 5.000 pesos, suma que solicitaba del
real tesoro. En la persona del excelente gobernador don José Martínez de Salazar
halló el obispo quien colaboraría en la construcción del templo no sólo
con su influencia, sino hasta con dinero de su propio peculio. En 1671 la catedral estaba terminada: constaba de tres naves, su techo de madera y una torre; era de proporciones regulares.
Pero he aquí que una obra con tantas apariencias de solidez, al cabo
de siete años, por causa de la calidad inferior de algunos materiales
usados en su construcción, empezó a dar muestra de su ruina inevitable:
esta es la segunda catedral.

El año 1678, el nuevo prelado, Antonio de Azcona Imberto
se dirigió al rey haciéndole presente la urgencia en la reparación de
la catedral, y solicitando la suma de 12.000 pesos. Su majestad acudió a
la demanda, de tal manera que en octubre de 1680
se dio comienzo a las obras.Pero aquí surgieron otras dificultades,
porque el techo se desplomó, se destruyó a consecuencia de ello el
retablo del altar mayor y se impuso la demolición de la torre por la
gravedad de su deterioro.
Su reconstrucción marchó muy lentamente, sobre todo por razones de orden económico. A pesar de ello, en 1690
la iglesia con sus tres naves estaba cubierta, aunque todavía faltaba
adecentar su interior y por la parte de fuera sus capillas, la sacristía
y había que elevar la torre que hasta entonces sólo contaba del primer
cuerpo. Para hacer frente a todos los gastos se echó mano de todos los
medios disponibles: la real hacienda, el obispo con sus rentas y
alhajas, el vecindario con sus limosnas. La obra siguió adelante, pero
por las sólitas dificultades económicas, al fallecer el obispo en el año
1700 aún no estaba concluida. Esta fue la tercera catedral.
Su sucesor fue el trinitario fray Pedro Fajardo,
apostólico y santo prelado, que como es de suponer puso todo su empeño
en la conclusión de las obras de la catedral. En carta de 20 de agosto de 1721 comunicaba el obispo al rey que ya se había dado cima a una de las torres y estaba interesado en levantar la segunda.

Pero al año siguiente -1722-
la techumbre del templo se iba deteriorando de tal modo, que se temía
su derrumbamiento. Enfermo y en cama, el obispo pidió al Cabildo
Eclesiástico que se hiciese cargo de la obra. Ya se supone que la
primera dificultad que se presentó fue la carencia de recursos
económicos. El Cabildo, en tal coyuntura, dirigió un exhorto a los
miembros del Ayuntamiento a quien competía, también, poner manos en ese
asunto. Pero por un motivo u otro –algunos verdaderamente fútiles- se
pasaron dos años sin que se hubiera adelantado nada. Entonces es cuando
surge la figura del arcediano Marcos Rodríguez de Figueroa y con él las
cosas entraron por la vía recta. A su actividad y celo por la causa de
Dios se debe la terminación de la obra de la catedral. Para ese efecto,
la real hacienda puso 1.800 pesos y él 3.000 de sus propios haberes; el
arcediano consiguió 1.500 del vecindario e hizo un empréstito de 2.500 y
1.000 provinieron del cabildo secular. Se terminó el trabajo de las
torres, el arreglo de las naves y el del pórtico; además, en 1725, un tal Tomás Trupp, hizo una donación de 5.000 pesos para las campanas. Esta fue la cuarta catedral.
Al morir Fray José de Peralta, se reunió el Cabildo y eligió vicario
capitular al Dr. Bernardino Verdún de Villaysán, una de cuyas
principales ocupaciones –y las del Cabildo- fue el mejoramiento de la
catedral. Como primera providencia, tanto el vicario capitular como el
Cabildo, hicieron traer de Potosí
400 libras de oro y los elementos necesarios para hacer dorar el
retablo; luego se ocuparon de blanquear la sacristía mayor, los pilares
del cañón principal, de todas sus capillas y del bautisterio. Además de
ello, el Cabildo se ocupó en hacer alargar el presbiterio, ensanchar la
mesa del altar mayor, cuyo retablo compuso en sus dos caras: tampoco
olvidaron los señores canónigos la sala capitular y el archivo, que se
preocuparon de ordenar y componer según las normas de la época de tal
manera que no sufrieran deterioro los documentos y papeles que en él se
habían de guardar. El Cabildo tuvo que sufragar los gastos que traían
consigo estos arreglos y adecentamientos. Un vecino de la ciudad,
nombrado Agustín de García, donó 500 pesos para el dorado y pintura al
óleo del coro principal. Esta fue la quinta catedral.
Estilo:

Una de las cosas que sorprende a quien visita la Iglesia catedral es
la diversidad de estilos que es posible observar en su interior. No
olvidemos que su construcción (la de la actual) fue iniciada en el siglo XVIII y recién pudo ser concluida a principios del siglo XX,
pasando por muy diferentes manos, de arquitectos y constructores,
quienes, según la oportunidad o momento, fueron cambiando o agregando
algo, desde elementos un tanto barrocos, hasta su estilo fundamentalmente románico.
Es uno de los templos que impresionan por su volumen y grandiosidad:
recordemos que su nave central está próxima a los cien metros de largo;
su piso, de especial belleza de mosaicos diminutos, tiene una superficie
que se aproxima a los tres mil metros cuadrados.
Es uno de los pocos edificios catedralicios de la Argentina que posee una nártex.
Este consiste en un pórtico de entrada, cerrado, con lo que podríamos
"llamar doble pórtico", como si fuera un gran vestíbulo, anexo a las
naves de templo. Se le ve separado, antes de ingresar a las naves
propiamente dichas, por sendas puertas que coinciden en posición, estilo
y volumen con las que, en frente, comunican con el exterior. En los
primeros siglos de la Iglesia este lugar, el nártex, se reservaba para
los catecúmenos, quienes seguían desde allí las ceremonias y
predicación, pero al iniciarse el Ofertorio de la Santa Misa, se
retiraban, por no encontrarse autorizados a permanecer durante la
liturgia eucarística.
Contra lo que muchos piensan, por último, la catedral no es de tres
naves, sino que tiene cinco. La principal, cubierta de una bóveda de
cañón corrido y un crucero cubierto por una cúpula que, sobre un tambor
circular, alcanza los 41 metros de altura.